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Los libros crecientes: cinco lecturas infantiles que crecen conmigo

Mi padre solía decirme: –¡A ver cuando creces!

Él quería que madurara, pero yo preferí satisfacer su petición aumentando de tamaño. A los doce años medía un metro ochenta y, con diferencia, era la más alta del colegio, incluidas profesoras y monjas.

Este continuo y extraordinario alargamiento vaciaba el bolsillo de mi madre al tiempo que hacía prosperar el, por entonces, pequeño negocio familiar de Amancio Ortega.

Mi biblioadicta madre era socia (honorífica) del Círculo de Lectores y compraba, cada mes y sin excepción, una novedad editorial para ella y dos novedades o reediciones de literatura infantil, una para mi hermana Mara y otra para mí. Escoger mi siguiente libro en el colorido catálogo del Círculo de Lectores suponía una gran responsabilidad y horas de análisis de portadas y de argumentos; y no solo los de la sección infantil.

Algunos de esas lecturas infantiles, comprados a la comercial del “Círcolo” –ella era muy fina y no quería decir la palabra culo (cír-culo)– o en las librerías del barrio, siguen hoy conmigo. No solo en mis estanterías, siguen en mí, dentro de mí; crecieron conmigo a lo largo y, desde hace unos años (emoticono de llanto), crecen a lo ancho.

Escribir un libro que crezca dentro de un niño es, desde siempre, mi más ambicionado objetivo como escritora (además de poseer una isla privada con forma de máquina de escribir). Los buenos libros son parásitos, parásitos buenos, que eclosionan y atraviesan la piel y los músculos para colarse en el torrente sanguíneo y conquistar finalmente su objetivo: el joven corazón del lector. En el mío, en mi gran corazón bradicárdico, crecieron cinco libros y sus cinco autores.

Libros crecientes: 5 lecturas infantiles que crecen conmigo

El hada acaramelada de Escuela Española y El hada acaramelada de Nórdica Infantil

1_ El Hada Acaramelada, Gloria Fuertes. 

El Hada Acaramelada, Gloria Fuertes. Editorial Escuela Española. 

El primero de los libros crecientes lo firma la grandísima Gloria Fuertes. ¡Cuánto me alegro que el centenario de su nacimiento no haya pasado desapercibido y qué ganas les tengo a El libro de Gloria Fuertes de Blackie Books y a Geografía humana y otros poemas de Nórdica Libros!
La edición de Escuela Española está descatalogada –aunque Amazon lo oferta por 346,17 eurillos –, pero, ¡estupendas noticias!, la editorial Nórdica Infantil, prepara una reedición con ilustraciones de Rocío Martínez y saldrá a principios de otoño.

Estos poemas llenos de ternura, y también de sombras, no conformaban, para mí, solo un libro. El Hada Acaramelada era una ventana a mi futuro, y era mágica: solo yo podía ver a través de sus ilustrados cristales.

En primero de EGB, las profesoras de las clases de A y B decidieron representar El Hada Acaramelada como función de fin de curso. Para ello reunieron a sus polluelos en el aula de música y nos preguntaron quiénes queríamos ser la protagonista, nuestra heroína, la mismísima hada del cucurucho y la varita. Niñas y niños gritamos entusiasmados: todos queríamos ser la niña pobre de la dulce cesta. Como las profesoras no estaban dispuestas a hacer una audición, optaron por un democrático sorteo. El número de la bola que extraje –yo era la mano inocente– correspondía con mi nombre. No fue tongo, no fue coincidencia, no fue suerte: el destino de mi infancia era el de ser el Hada acaramelada. Y, ¿fue la función un éxito? No lo recuerdo, pero lo que sí recuerdo y recordaré siempre son estos versos con sabor a regaliz (de las de antes).

El Hada Acaramelada
El Hada Acaramelada,
de pequeña atolondrada
pues soñaba con ser hada
de cucurucho y varita.

Su madre doña Rosita,
dándole beso tras beso,
le dijo: ¡nada de Hada,
que ya no se lleva eso!

¿Cómo vas a ser un Hada
con ese flequillo tan tieso
y esos ojos de ratón,
si ya no se lleva eso?

–Somos pobres, no hay castillo,
tu padre suda en el trillo,
yo sudo en el lavadero.

(La niña lloró sobre la cesta de ropa
y la cesta se llenó de pipas y caramelos)

Con un periódico se hizo
un cucurucho muy tieso,
de esta forma se sentó
a la puerta del colegio.

Con su cesta milagrosa,
con su varita de fresno
para espantar a las moscas
del puesto de caramelos.
“Todo gratis, todo gratis!”
se leía en un letrero.

Un día que era muy frío,
me parece que era enero,
el Hada se quedó helada
y vinieron los bomberos.

En marzo se desheló;
con cucurucho y varita
volvió al puesto.

“¡Todo gratis!” regalaba
yoyoes y caramelos…
El Hada, cuanto más daba
más se le llenaba el cesto.

El Hada Acaramelada
la llamaban y la llaman
todos los chicos del pueblo.

Aún es hoy el día en que cuando necesito recitar algo de memoria, suelto con orgullo el poema de El Hada Acaramelada, convencida de que no hay ni habrá mejor oración.

Libros crecientes: 5 lecturas infantiles que crecen conmigo

Los hijos del vidriero de Ediciones SM, colección El barco de Vapor

2_ Los hijos del vidriero de María Gripe

Los hijos del vidriero, María Gripe. Ediciones SM, colección El barco de Vapor. 

Qué buena costumbre es dedicar los libros que se regalan: una palabras, una firma y una fecha hacen del libro un cordón umbilical entre el regalador y el afortunado regalado. Cuando abro Los hijos del vidriero, ya en la primera página, lo primero que leo son dos nombres, Monica –sin acento– y Almudena, y una fecha, la de mi décimo cumpleaños. Las gemelas Mónica –ahora sí, con acento– y Almudena no me dedicaron el libro, mi segundo libro creciente, pero yo, sospechando de su valía, escribí a lápiz y con mi caligrafía infantil sus nombres y la fecha.
Los hijos del vidriero era un libro distinto y lo supe al leer los epígrafes con los que María Gripe abría cada una de las tres partes en las que, a modo de actos, dividía su libro:

–«Quien no conoce su destino, puede vivir despreocupado», Havamal.

–«Los ignorantes nunca saben que son muchos aquellos a quienes el éxito adormece. Un hombre es rico, otro es pobre, pero al final eso nada cuenta», Havamal.

–«… si acontece que obtienes lo que anhelas, es porque el destino así lo ha dispuesto», de las fórmulas mágicas de Groa.

El blanco, azul, naranja y rojo (el blanco y el rojo en menor proporción) de la colección El barco de Vapor colorearon mis estanterías durante muchos años: El cerdo encatado (T. Ross), Juan Chorlito y el indio invisible (Fernando Lalana), Querida Susi, querido Paul y Querida abuela, tu Susi (Christine Nöstlinger), Peluso (Irina Korschunow), El Pampinoplas y Aniceto, el Vencecanguelos (Consuelo Armijo), Ingo y Drago (Mira Lobe), Rastro de Dios y otros cuentos (Montserrat del Amo), Molinete (Pilar Mateos), Nano y Esmeralda (Alfredo Gómez Cerdá), Caramelos de menta (Carmen Vázquez-Vigo),  La nariz de Moritz (Mira Lobe), Aventuras de Sol (Aberto Avendaño), Das cousas de Ramón Lamote (Paco Martín), Por un maldito anuncio (Miguel ángel Mendo), Cinco días de agosto (Hester Burton), Bibiana y su mundo (José Luis Olaizola), La hija del espantapájaros (María Gripe) … y más lecturas infantiles prestadas, perdidas e, incluso, regaladas, pero ninguna con el poder expansivo de la fría y gris aventura de la bruja Aleteo Brisalinda y su cuervo Talentoso por rescatar a los hermanos Klas y Klara de su majestuosa prisión en la Ciudad de Todos los Deseos.

Libros crecientes: 5 lecturas infantiles que crecen conmigo

Pippi Calzaslargas de la editorial Círculo de lectores

3_ Pippi Calzaslargas de Astrid Lindgren

Pippi Calzaslargas, Astrid Lindgren. Círculo de lectores. 

Primero fue la serie, después, el libro.

Como muchos niños, y sobre todo niñas, Pippi llegó a serlo todo: todo lo que quería –necesitaba– ser. Independiente, fuerte e irreverente. ¿Qué niña de mi generación no se imaginó vivir con un caballo y un mono y bajo la única autoridad del presente? Pippilota Delicatessa Windowshade Macrelmint no iba al colegio, vestía de manera estrafalaria y calzaba botas enormes, saltaba de mueble en mueble, metía a Pequeño Tío, el caballo blanco de lunares negros, en el salón, se alimentaba a base de dulces y bebidas gaseoas y se burlaba de cualquier adulto que se interpusiera en su camino, como la señorita Prusselius, los policías Kling y Klang o los ladrones Doner Carlson y Bloom que trataban, inútilmente, de robarle su baúl lleno de monedas de oro. Pippi era fuerte –descomunalmente fuerte– y podía volar, pero no eran sus únicos dos superpoderes, la pelirroja de trenzas tiesas y cara pecosa era también generosa y justa.

Cuando TVE emitió (por segunda o tercera vez) la serie de las aventuras de Pippi Calzaslargas, en mi casa no había reproductor de VHS, así que yo, con un radiocasete y un casete virgen, grababa el audio que después reproducía hasta aprendérmelo de memoria. ¡Incluso imitaba las voces de todos los personajes! Como los audios y mi memoria no eran suficientes, le pedí a mi madre el libro de Pippi Calzaslargas y, después, todos los títulos de Astrid Lindgren que, por entonces, ofrecía el Cír-colo de Lectores: Miguel el travieso, Mi mundo perdido y Los niños de Bullerbyn. ¡El libro era aún mejor que la serie!

Años después de haber acabado la carrera, junto a mis amigas Paula y Rocío, cogimos tres aviones, un coche de alquiler y un ferry y nos plantamos en Villa Kunterbunt  o Villa Villekulla, en la localidad de Visby (isla de Gotland, Suecia). En el preciso momento en el que pisamos el porche de Villa Villekulla nos convertimos en los curiosos y fascinados Tommy y Annika: ahí estaba el mono Señor Nilson, el caballo Pequeño Tío y los zapatones de Pippi apoyados en la almohada de su cama –¿recordáis que Pippi dormía al revés?– mientras se intuía su pequeño cuerpo respirando apaciblemente.

Dos veces me disfracé en Carnaval de Pippi Calzaslargas: cuando tenía diez años y ya de adulta. La segunda vez, vestida con la camiseta descolorida, el pichi con remiendos y una media naranja y otra verde y teñida de pelirroja y peinada con dos grandes trenzas tiesas gracias a un alambre que me bordeaba la cabeza. Esa noche, hace ya cinco Carnavales, Pippi Langstrump conoció a un jeque árabe pecoso y de ojos azules, que extrañamente se parecía a Inger Nilsson, la primera y memorable Pippi. El Jeque y Pippi, es decir, Matthew Ward y yo misma, ocultos tras un disfraz de quienes realmente eran, se enamoraron y ya nunca más se separaron; y como reza el último título del libro de Lindgren, ninguno de los dos quiso nunca crecer.

Libros crecientes: 5 lecturas infantiles que crecen conmigo

Momo de la editorial Círculo de Lectores

4_ Momo de Michael Ende

Momo, Michael Ende. Círculo de lectores. 

¡Qué extraño que un libro crezca dentro de un niño! Después de leer (y ver en el cine) La historia interminable –el primer libro «gordo» al que hacía frente y del que salía victoriosamente fascinada– quise leer (y ver en el recién estrenado reproductor de VHS) algo más del mismo autor, Michael Ende, y leí y vi Momo.

La historia interminable era un libro mágico y, como Bastian, el protagonista, la historia que contenía esas «interminables» páginas, la historia del mundo de Fantasía y el peligro que lo acechaba, me atrapó durante días y me hizo sentir responsable de la vida de la Emperatriz Infantil y del resto de habitantes (el joven guerrero Atreyu, el dragón blanco de la suerte Fújur, la sabia tortuga Vetusta Morla, el lobo Gmork…).

Aunque Momo comparte con La historia interminable un universo rico en luces y sombras, cuando lo leí, realmente esperaba encontrar una La historia interminable II y con Momo y los hombres grises me sentí hondamente defraudada. Y entonces, ¿por qué no está La historia interminable en el listado y sí lo está Momo? Porque La historia interminable es el libro de mi infancia, pero al contrario que Momo, no creció dentro de mí.

Momo fue escrito en 1973 y, sin embargo, es un libro que, cuantos más años transcurren, más actual es. Momo es un libro de aventuras, pero también una demoledora crítica al consumismo y al empleo «productivo» de nuestro tiempo.

«Existe una cosa muy misteriosa, pero muy cotidiana. Todo el mundo participa en ella, todo el mundo la conoce, pero muy pocos se paran a pensar en ella. Casi todos se limitan a tomarla como viene, sin hacer preguntas. Esta cosa es el tiempo.

Hay calendarios y relojes para medirlo, pero eso significa poco, porque todos sabemos que, a veces, una hora puede parecernos una eternidad, y otra, en cambio, pasa en un instante; depende de lo que hagamos durante esa hora. Porque el tiempo es vida.

Y la vida reside en el corazón» .

Momo es un libro para la niña que fui, la joven que acabo de ser y la adulta en la que, supuestamente, me estoy convirtiendo. El tiempo del que tanto habla Ende en él solo lo hace crecer y dotar de una belleza y complejidad que pasma a la vez que hace reflexionar.

Libros crecientes: 5 lecturas infantiles que crecen conmigo

El Camino de Ediciones Destino

5_ El camino de Miguel Delibes

El camino, Miguel Delibes. Ediciones Destino. 

El camino fue lectura obligatoria en sexto o séptimo de EGB. No recuerdo el año bien, pero sí recuerdo, como si fuese ayer, a la profesora, la estricta señorita Esperanza o la Espe, nuestra profesora de Lengua Castellana y Literatura. La señorita Esperanza nos hacía levantar de nuestros pupitres para recibirla y, a la mínima, nos castigaba toda la hora de pie en una esquina de la clase. Sus castigos dividían a las alumnas en alumnas de tres tipos: las alumnas que se desmayaban (como Anita), las alumnas que se mareaban (y aquí me incluyo) y las alumnas que simplemente se cansaban de estar de pie. Toda la crueldad y bajadas de tensiones que conllevaban su rancio método educativo lo compensaba con las deliciosamente escogidas lecturas infantiles obligatorias como Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez o El camino de Miguel Delibes.

Cinco son los libros que crecieron dentro de mí y en cuatro de ellos, sus protagonistas eran femeninas: la niña-hada, la bruja Aleteo Brisalinda, Pippi y Momo. Solo hay un protagonista masculino –pero qué protagonista– y es un niño de once años, Daniel, el Mochuelo, hijo de los queseros del pueblo, que, a pesar de su disconformidad, debe partir a la ciudad a estudiar Bachillerato. Este camino de iniciación a la vida adulta que recorrió Daniel en 1950 sirvió para que las alumnas de la Espe recorriéramos uno asfaltado, pero paralelo: el de la iniciación a la literatura adulta. Nada (o casi nada) pasa en sus 224 páginas (si tres muertes no es nada o casi nada). No hay protagonistas excéntricos ni con superpoderes, no hay fuerzas oscuras contra las que librar espontáneas batallas, no hay hadas, brujas o dragones. Pero Delibes hace magia –la magia más verdadera y más difícil– cuando cierra la sencilla trama de El camino con una frase: «Y lloró, al fin» y tú (bueno, yo), como el Mochuelo, lloras, al fin, y sigues llorando veinte años después.

No sé que habrá sido de la Espe. Lo último que sé es que se jubiló. ¡Miento! Lo último que sé de ella es que ha hecho un cameo en mi libro Ulises y las Cronoamigas. En la ficción, ella no es profesora de Lengua Castellana y Literatura, es la temible profesora de Historia Contemporánea de Ulises, la protagonista, y no se llama Espe, se llama Cara Empanada (un apelativo heredado de mi madre).

 Estas son las lecturas infantiles que crecen conmigo y digo crecen y no crecieron porque, como mi cuerpo de metro ochenta y tres, a estos cinco libros aún les quedan muchos estirones.