el estudio de una escritora
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Donde escriben los monstruos: el estudio de una escritora

Bienvenidos a mi oficina: el estudio donde escribo y, a veces, también ilustro (e incluso almuerzo, duermo la siesta o almaceno zapatillas de deporte).

Además de oficina, es también trastero de cachivaches como una bicicleta eléctrica sin batería, un asiento de furgoneta sin furgoneta, un triciclo evolutivo sin conductor voluntario y un columpio Rainforest sin cuerdas.

Mi mente está tan ordenada que el desorden —llamémoslo por su verdadero nombre: mayúsculo caos— no representa una amenaza a la hora de escribir. Además de mi mente, lo único que escapa a la ley de la entropía son mis dos ordenadores, el de sobremesa y el portátil, y mi amplia colección de discos duros.

Inmediatamente después de mudarnos a esta nueva casa —y nueva oficina—, decidí que mi nuevo estudio sería bonito. Compré flores y una enredadera. Colgué cuadros y coloqué estratégicamente algunas fotos. Además, invertí en una reluciente lámpara de escritorio.

Las flores se marchitaron, la enredadera se secó y los cuadros y las fotos nunca alcanzaron el ansiado grado Pinterest. Para colmo, la caja de la persiana estaba infestada de insectos negros con el inoportuno instinto de enfrentarse a la muerte en la blanquísima mesa de mi escritorio.

«¡Está bien! —me dije— Si lo importante es la funcionalidad».

Tiré flores, tiré enredadera y compré una sufrida alfombra de Ikea donde duerme, mientras yo escribo, Momo, mi querido (y también sufrido) gato imaginario. Lo bueno de los gatos imaginarios es que no sueltan pelo; lo malo de los gatos imaginarios es que no desprenden calor ni son impredecibles.

El gato Momo duerme a mies pies y la perra Lola (las cenizas de mi perra Lola) duerme bajo la luz del flexo. ¿Cómo no van a aparecer en mis libros mis queridos y peludos compañeros? Pepe es el gato de los vecinos de Amabel en El poder de Amabel y el gato sirena en Nena e o mar y Lola es la perra de Maravilla Espiral en Ulises y las Cronoamigas.

Trabajo con las persianas casi cerradas y la luz del flexo siempre encendida. Esta costumbre energéticamente incívica la compenso lavando menos de lo requerido mi uniforme de trabajo: mi sempiterna bata polar. Esta bata polar de la marca Massana, regalo de mi madre, como la mayoría de pijamas de la misma marca, la uso tanto en invierno como en verano. Haga frío o haga calor, la bata mantiene la temperatura adecuada para que el cuerpo aguante sentado diez horas y la mente volando todo el día.

Donde escriben los monstruos de bata polar debería ser el título.

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